La calima turista

La vemos llegar por el horizonte, ese muro de color óxido que se traga la sierra poco a poco, y miramos el cielo con el mismo miedo de siempre. Alguien dice «ya está aquí otra vez» y todos sabemos exactamente a qué se refiere. Nos acordamos, sin necesidad de decirlo en voz alta, de cómo fue el año pasado.

Duró varios días. Se depositaba lento en todo: en las plantas, que amanecían cubiertas de un polvo naranja como si alguien las hubiera espolvoreado con canela; en las casas blancas del pueblo, que quedaron teñidas de un color imposible de explicar a quien no lo ha visto. No se podía tender la ropa. No se podía, prácticamente, salir a la calle.

Aun así, hicimos el intento de dar nuestro paseo habitual de la tarde. Yo salí ataviada con un pañuelo al estilo de una verdadera tuareg, gafas de sol con las que ya no veía nada —tal era la oscuridad del cielo— y una mascarilla de un paquete que nos quedaba todavía de la pandemia. Hacía viento, como casi siempre en Almería, y nos metía el polvo fino en los ojos, en la garganta, en las orejas, en cada rincón que dejábamos sin cubrir. Solo llegamos hasta el final de nuestra calle. Dimos la vuelta rendidos, sin decir nada, como quien se retira de una batalla que ya sabía perdida de antemano.

Cuando por fin remitió, salí a limpiar el patio y saqué tres recogedores llenos de polvo sahariano. Tres. Como si el desierto entero hubiera decidido mudarse a nuestro barrio por unos días y luego, sin despedirse, hubiera seguido su camino.

Nuestra casa es amarilla, por suerte, y el polvo no se notaba tanto sobre ese color. No tuvimos que pintarla después, a diferencia de la mayoría de los vecinos del pueblo, que se pasaron semanas subidos a andamios devolviéndole a sus fachadas el blanco que la calima les había robado.

El año pasado, esa bruma terrosa siguió su viaje hacia el norte de Europa. Y fue entonces cuando mis familiares en Polonia conocieron, por fin, aquello de lo que yo les había hablado tantas veces sin que terminaran de entenderlo del todo. Les llegó ese mismo aire cobrizo, ese mismo polverío que aquí llamamos por su nombre de siempre y que allí no tiene ni siquiera palabra propia. Al desierto, por lo visto, también le gusta irse de viaje. Y los países del Este son, según parece, un buen destino.

Yo, que hice ese mismo viaje al revés hace ya más de veinte años, no pude evitar pensar que había algo de justicia poética en todo aquello: el Sáhara llegando hasta Polonia con la misma velocidad con la que yo, en su día, llegué hasta aquí en autobús. Yo tuve que pedir visado, él voló libre. Pero ninguno de los dos se arrepiente del viaje.