Cursaba el segundo semestre en la preparatoria del Tec en la Ciudad de México. Para ese entonces, ya había hecho un buen grupo de amigos con los que matábamos el tiempo. Éramos de los pocos salones bendecidos —o maldecidos— con cuatro absurdas horas libres entre clases los martes y jueves. Regresar a casa no era una opción viable; el tráfico infernal, las rutas de transporte público y las distancias hacían que lo más sensato fuera atrincherarse en el campus. Así que algunos de nosotros pasábamos el rato desayunando, sacando tareas por inercia o, lo que se volvió nuestra verdadera vocación: jugar al fútbol. Las retas se volvieron cada vez más populares y competitivas. A veces se nos unían chavos de otros grupos, y de pronto, el campo de fútbol, en otras menos, las canchas de básquetbol y la cafetería se convirtieron en nuestro ecosistema natural.
Un buen día, entre la multitud de volantes impresos que tapizaban la escuela, leí que habría un torneo de fútbol. Emocionados nos pusimos de acuerdo entre los jugadores más constantes de nuestra pequeña pandilla para armar un equipo. El problema llegó al volver a leer el panfleto: la inscripción cerraba esa misma tarde, justo después de mi última clase. Agarré a uno de mis amigos que tomaba esa materia conmigo y nos lanzamos a registrarnos en un estado de absoluta y pura improvisación. No teníamos jugadores definidos, nos enteramos de que necesitábamos un director técnico, y peor aún, nos pidieron el nombre del equipo. Nos volteamos a ver con cara de idiotas. De pronto, recordé que uno de los nuestros había jugado béisbol en una liga de la ciudad llamada «Olmecas». Sin filtro alguno y sin controlar lo que salía de mi boca, solté: «Los Olmecas». Un nombre ridículo y sin el más mínimo contexto para un equipo de fútbol de preparatoria, pero ya estaba escrito en el papel. Terminamos la inscripción y salimos de ahí con un calendario de juegos en canchas cercanas al campus y la urgencia de registrar a los jugadores (todos debían ser estudiantes) con su respectivo número y posición. De facto, me convertí en el mánager del equipo. Logré rascar entre 13 y 14 incautos para el primer partido. Pero vendría otro problema más; el uniforme. Nos quedaban poquísimos días y teníamos muy poco presupuesto. El máximo acordado había sido de cien nuevos pesos mexicanos que equivaldría a poco más de 10 u 11 dólares estadounidenses, de aquel año de 1995. Mi reto sería encontrar uniformes (jersey con número y shorts) para todos en poco tiempo y dentro del presupuesto. Tarea digna de cualquier departamento de compras de una empresa. Para este punto, parecía que la tarea la tendría que resolver yo sólo pero uno de nosotros decidió acompañarme. Armado con la Sección Amarilla, había hecho varias llamadas telefónicas, desde los almacenes más conocidos en dónde seguro que el inventario no sería un problema hasta las muchas tiendecitas que había podido localizar gracias a éstas páginas amarillas. No tuve mucha suerte por teléfono y al final, decidí ir a la vieja confiable: la calle Venustiano Carranza en el centro histórico de la ciudad. Ahí encontré la salvación. En una de esas tiendas nos vendieron los uniformes completos con el número planchado en la espalda y, lo mejor de todo, por debajo de los 100 pesos presupuestados. Por supuesto, generé un pequeño «margen de beneficio» que, como buen directivo, terminé quedándomelo yo para pagarnos algo de comer y la gasolina de los desplazamientos. El único «pequeño» detalle fue la estética: los uniformes disponibles eran de un color amarillo huevo horrendo. Combinados con shorts y medias negras (y los zapatos de fútbol negros que todos usábamos entonces), no éramos precisamente un derroche de estilo.
La verdad sea dicha, no recuerdo en que lugar quedamos en dicho torneo, ni si ganamos un solo partido o si fuimos la burla del torneo corriendo por la cancha como yemas de huevo gigantes y sudorosas. Pero viéndolo en retrospectiva, fue un gran triunfo, para nada deportivo si no como directivo medio corrupto y que hoy, a más de treinta años de esa genialidad administrativa, no hay trofeos en ninguna vitrina, pero me queda el consuelo de que esos trapos baratos de Venustiano Carranza terminaron tejiendo una gran amistad que, contra todo pronóstico, algunos todavía mantenemos hoy. Brindo por los Olmecas: el peor equipo con el mánager más tranza que cien devaluados pesos pudieron comprar.
21 de junio de 2026 @ 18:03
Quizás uno de los eventos fortuitos más importante de mi vida.
21 de junio de 2026 @ 21:30
Igual para mi! Feliz día del padre hermano!
22 de junio de 2026 @ 15:12
Con el tiempo, unos se da cuenta que los logros muchas veces no son los trofeos, sino la memoras.